Relatos de Arietty - El circo ambulante


_¡Eso!_gritó enfadada la niña, arrojando el último de los trenecitos contra el suelo_¡No tenías mejor modo de probar lo ilusa que soy que dejándome sola con mis historias en el escenario!_sentenció Arabel, recogiendo triste las trizas y cenizas de lo que pensó era el mayor espectáculo prodigioso del mundo, y que ahora se doblaba, inánime, sobre sus dedos al alzarlo y ante su silencioso asombro...
Era cierto que hasta hace un momento las estrellas, las nubes, los arbustos, las piedras, los pájaros, todo se movía al compás de la historia que Arabel contaba y creía a pies juntillas, pero no era verdad que se mantuviera en pie por sí solo: la fuerza del amor de Arabel por aquel niño ceñudo pero con ojos del color de la magia que albergaba dentro era lo que imprimía vida a aquel maravilloso circo ambulante.