Otoño (interiorización)



Cielo raso. Azul. Limpio, barrido por el viento y el frío. Tiempo de cosecha... la creatividad acucia detrás de cada hoja, tras cada soplo, con cada nueva mañana, con cada precioso atardecer. Durante mucho tiempo no hubiera dudado en escoger la primavera. Junto con los demás Prunus: el almendro, el primero que florece, el melocotonero (P. persica), el albaricoque (P. armeniaca), el ciruelo (P. domestica), el cerezo (P. avium), el guindo (P. cerasus) y el endrino (P. Spinosa), he florecido cada primavera para unirme a la eclosión de la Vida en la Tierra.

Y sin embargo, maduro y siento en los últimos dos años el poder fértil del otoño. Aprecio sus tonos, su paz, su sosiego, su profundidad, sus conclusiones... Un cielo raso como una página en blanco. Y un suelo maduro y fértil, que dibuja la huella que abraza con su tierra gruesa y todavía húmeda. Sus frutos son bondades de la tierra para un puchero calentito: calabacines, calabazas, puerros, patatas, espinacas, coles... y naranjas, kiwis, uvas, higos... para postres, compotas y mermeladas.

¿Me estoy tornando loba de otoño? Hace tiempo abandoné también la costa para medrar en la montaña.